viernes, 25 de enero de 2013

El Doctor (1)

Hoy me estuve acordando la primera vez que escuché: tendrían que consultar a un especialista en fertilidad. Son esos días de la vida que uno sabe que no va a olvidar nunca, como si pudiéramos intuir aquello que nos va a cambiar la vida para siempre, convirtiéndonos en otras personas.
La experiencia psíquica fue de disociación: como dos Yoes de una cabeza partida.
A medida que íbamos entrando en tema, que este médico que el otro, que acá que allá,  los demás tenían hijos: 1 2 3 4 5 6 7 y nosotros ni uno. Por lo menos uno para ver como es.
¿Por qué será que son situaciones que uno cree que les pueden pasar a los demás pero no a uno?  Como si creyéramos que estamos exentos no sé por que extraña razón, de todo aquello que percibimos como trágico; pero un día los demás somos nosotros.
Y sin saber como sucede, ese mismo día empezás a sentir que estás viviendo una situación trágica, digo trágica por aquel momento en que se vuelve irreversible.
Volviendo a lo que dijo el Doctor, pasamos de problemas de fertilidad a esterilidad, que es parecido pero peor. Así es como de las irregularidades hormonales escalamos a otra complicación; que suerte era esto, entonces me operan y ya está.
Pero no, tampoco era esto.
Otra vez al médico.
Ahí vamos a hacer el Estudio de Nombre Difícil que no me acuerdo, que no cuento ni el procedimiento, ni el resultado, ni la interpretación de mi Psicoanalista porque es algo muy privado. Es fabulosa su interpretación. Me da pudor contarla. Mejor no la cuento.
Ahora es algo nuevo.
Estábamos en esterilidad, ya pasó a castaño oscuro.
A esta altura todas las palabras dejaron de ser enemigas, ahora hablo de fertilidad, esterilidad, Inseminación Asistida, in Vitro, con una familiaridad, ya conveniente.
Yo les voy a contar como es una IA: es un proceso eminentemente extraño que contiene una mujer con una agotadora esperanza (pensando que nunca en la vida pensó que iba a estar en tal escena surrealista), Él (que supongo piensa lo mismo o no sé que piensa), un Médico con una jeringa en la mano, y el Biólogo (cuyo trabajo previo se focaliza en la procesadora darwiniana donde quedan los más aptos; los espermatozoides, claro).
Él y Yo nos tomamos de la mano para darnos un poco de intimidad, que por supuesto no sucede, o sí sabemos que nos sucede a nosotros, sin que ellos lo perciban.
Una vez que termina el procedimiento médico siguen 15 minutos donde yo no quiero ni respirar.
En esa espera hablamos bajito; como un susurro, no sé por qué, es como una ceremonia.
Vuelve el Doctor con una sonrisa relajante, puedo bajar las piernas.
Me levanto como en cámara lenta, el Doctor me tiene la camilla, Él me tiene un brazo y yo sigo hablando como que me doliera algo.
Me duele algo.
Una vez incorporada ya sé de qué se trata todo: la Progesterona, la Aspirineta, el Ácido Fólico, la Heparina (para lo del Estudio de Nombre Difícil que no me acuerdo).
Salimos a la calle con contradicciones, deben ser los miedos. Decimos que esta vez seguro va a ser por cualquier motivo que encontremos sugestivo, pero como inmediatamente nos adelantamos a la futura y posible negativa, mejor decimos que no, que mejor todo siga normal.
Igual nada sigue normal, no debe existir normalidad más impostada que aquella que tiene que ser pautada. En general el tiempo se vuelve lento, con todo lo mejor y lo peor que tienen los motivos de la lentitud.
Nos ahorramos palabreríos y esperamos con normalidad.

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